THE GOLDEN YEARS / LOS AÑOS DORADOS

the golden years

LOS AÑOS DORADOS (o aquellos tiempos en la música nos definía…y nos parecía entre muy bien y de puta madre).

CAPÍTULO I.  EXTRAÑAS IDEACIONES.

P se acercó a mí sonriente, como siempre. En su inabarcable y perpetuo lapsus mental, tan solo se acercó a saludar, obviando la pregunta lógica que, como una iluminación, le asaltó pasados unos minutos.

-¿Por qué no has venido a cenar?-.

-Porque estaba cenando con ellas-. Contesté con naturalidad señalando a mis compañeras de noche.

-Ah, claro, normal-. Respondió él, consciente de la evidencia en la elección de compañeros de mesa.

Era viernes, segundo día de las fiestas. Nuestra peña había organizado un encuentro. Sin embargo, el día anterior, decidí aceptar la oferta de M, C y S porque siempre me ha parecido más interesante la compañía femenina que la masculina en igualdad de contexto.

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Con M me unía una amistad desde los tiempos del colegio, de la guardería incluso. Para hablar con propiedad, de las Hermanas Carmelitas, porque no existían guarderías en el Tamarite de los 70. De ellas recuerdo, entre otros pocos detalles más, que impartían disciplina con una regla de madera, aunque sin acritud, para nada traumático, al menos en mi caso. Otro detalle es que nos ponían en fila para ir al baño y ellas mismas se encargaban de poner las cosas en su sitio. En esa época me dejaba manosear el miembro de forma aséptica. Desde luego tengo claro que ellas así lo hacían, no quiero malas interpretaciones; eran auténticos ángeles.

Respecto de C, de la misma forma que de S, es difícil explicar el vínculo. Casi se daba exclusivamente durante las Fiestas Mayores, incluso durante solo una noche. Pero parecía que tuviésemos una relación más duradera en el tiempo; extraños efectos de las fiestas patronales. Agradables efectos, eso sí.

Era viernes, como digo,  primeros de septiembre de 2013. Después de un intenso chaparrón, se hacía evidente que la carpa instalada en Interpeñas fue un gran acierto. Todo el mundo terminó acudiendo allí después de cenar. A decir verdad no había otro sitio al que acudir si querías intoxicarte, bailar, hablar, o buscar calor humano. Por tanto, el hecho de que lloviese quizás no sea tan relevante.

A eso habían quedado reducidas las fiestas de Tamarite al igual que las de otros pueblos pequeños de alrededor como Alcampel, Altorricón, Albelda… Era una verdad incuestionable y latente que se daba por sentada sin entrar en más detalles. Algo así como el hecho de casi todo el mundo deja de utilizar móviles normales y se pasa a los Smart Phones. Pero lo que en realidad ocurría desde hacía años es que  el mundo había continuado girando entrópicamente arrasando lo que yo considero los años dorados de nuestra generación. Otras poblaciones más grandes se han librado del Armagedón patronal por una cuestión puramente poblacional y de poderío económico, pero no son capaces de aguantar el tipo en cuestiones lúdicas los fines de semana desde hace ya muchos años.

Es evidente que yo soy más viejo, que no soy el de antes, ni mis amigos y conocidos tampoco lo son. Sí, demasiado viejos para el Rock and Roll, ¿y qué?  Si tan solo ese es el problema, no veo realmente dónde está el problema. Mi preocupación tiene que  ver con el otro elemento de la ecuación; y es que ya no hay Rock and Roll. La expresión en el sentido en que la utilizo tiene una acepción muy amplia, no estrictamente musical (que también). Pero a eso vuelvo más adelante.

Después de unas horas bajo la carpa, conversando animadamente con mis compañeras, saludando a mucha gente conocida, bebiendo sin sed y moviendo los pies a modo de baile sin demasiado afán, alguien comentó que iban a tocar dos bandas: una de Tamarite y otra de no sé donde. De entrada, una buena noticia porque la música en directo tiene un matiz de color especial, siempre, independiente de la calidad del producto final.

La gente se fue concentrando mucho antes de empezar por la simple y llana razón de que la primera banda era local;  Amigos, conocidos y padres, así como curiosos, inducidos por el efecto llamada.

Guitarra, guitarra, bajo, batería y una chica al frente cantando.

Una de mis extrañas manías siempre ha sido observar la forma en que los músicos  sujetan los instrumentos y especular sobre el estilo que ello implica. Nada de teoría científica, sino más bien todo lo contrario.

Por ejemplo, a mí me gustaría que todos tocaran con la guitarra colgando como Jimmy Page o Slash (salvando las distancias entre ellos) y si encima tocan fumando… Guitarras a una altura normal como la mayoría (Véase Hendrix,  Schenker (ambos hermanos), Winter o Gallagher…) no me da ni frío ni calor. Particularmente guitarras de cuello alto me producen cierta picazón aunque nada que ver con el virtuosismo, claro, cómo meterse con Angus Young o Blackmore sin salir mal parado.

Diseño sin título (1)

El caso es que ambos guitarras podían tocar con el esternón y a mí eso me daba mal fario.

Puedo decir lo mismo del bajo. En este caso, mi referente estético no es demasiado aconsejable en ningún aspecto: Sid Vicious. Sin comentarios.

Respecto de los baterías siempre he preferido pocos (un) tombs y/o dispuestos  de forma que no cubran la silueta, platos tantos como sea posible:  Charlie Watts, Mitch Mitchell o Stewart Copeland. En este caso, la batería tenía una disposición muy académica, corriente.

baterias

Mis peores augurios no solo se confirmaron, sino que fueron mucho peores. Nada que objetar a la técnica que, a la postre, no es lo más importante.  El padre de uno de ellos, ocho años mayor que yo, se acercó a preguntarme qué opinaba. ¿El motivo? Yo tocaba, también, en una banda local entre finales de los 80 y mediados de los 90. Así que el padre de la criatura me consideró una opinión valiosa.

En otras condiciones habría dicho lo que pensaba pero me veo incapaz de echar por tierra el orgullo paterno de cualquiera que no se llame George Bush Senior. De modo que contesté tan diplomáticamente como fui capaz. Sin embargo, mis verdaderos pensamientos abruptamente constreñidos luchaban por abrirse camino como una dolorosa flatulencia; cuanto más tiempo se guardasen dentro, peor olerían. Por ahí andaba J que, a buen seguro, compartiría mis ideas. No en vano, había desandado el camino de lo Rock y el Metal para regresar al Blues en un sentido amplio. En letra de Miguel Ríos: El blues es un estado mental y así lo estaba aplicando J desde que superó un cáncer; Con dos cojones añadiría yo, pero la verdad es que tan solo le quedaba uno. Aunque los cojones en la vida, nada tienen que ver con los testículos.

-J: minuto y resultado-.

-No tocan mal-.

-Eso no me sirve-.

-Ya… son muy pasteleros-.

-Eso se queda corto- No esperé a que preguntase mi opinión, le había tocado recibirla de todas formas. Y él lo sabía. -¡Menuda mierda!-. Exploté.

-Córtate, que hay padres cerca-.

-Vale, bajaré la voz- Convine.- Esto no hay por donde pillarlo. ¿A qué viene tocar una de La Oreja de Van Gogh, otra de Kortatu, otra de Mago de Oz, de El Canto de Loco, de Los Suaves y de Barricada-.

-No tienen criterio-.

-Eso digo yo. No puede ser que te guste todo eso a la vez. Vale, puede ser, pero no es … ético-.

-¿Ético?-.

-No se me ha ocurrido otra palabra. Es indignante- Tomé aire, tenía que explicarme mejor vista la cara de J.- A ver… a su edad, cuando montas un grupo, lo haces por diversión. Y para divertirte ¿qué tocas?: Lo que te gusta. Pero ¿te pueden gustar todas esas bandas a la vez?. Nooooo-.

-¿Por qué no?-.

-Pues porque la música, si la sientes, te obliga a optar.  Veamos:  si solo te dedicas a oír música comercial te puedes quedar en la superficie de la música. Cuando das un paso adelante y te zambulles, bien investigando, bien tocando (como es el caso) descubres que la superficie es una basura que solo consumen quienes no la aprecian en su justa medida. Y es ahí donde te das cuenta de que no puedes tocar o escuchar basura y música con alma a la vez-.

-Para, para… cada uno escucha lo que quiere-.

-Ahí te equivocas porque hay una diferencia entre oír y escuchar. Supongo que no te tengo que explicar el matiz. Quien oye, no elige o elige no elegir. Quien escucha,  toca/toma su propio camino. ¿Has visto Matrix?. Es algo parecido a escoger entre la pastilla azul o la roja-.

J trataba de comprender; No recordaba la escena entre Neo y Morpheo. En realidad comprendía perfectamente, pero su resistencia a juzgar las opciones de los demás, no le permitía emitir un veredicto condenatorio. Yo, no había terminado.

-Pero hay más-.

-Oh, no-. Resolvió derrotado.

-A esa edad estás cabreado con el mundo, o te sientes terriblemente abrumado, o eres una gamberro sin remisión. Pueden darse varias opciones a la vez. Sea lo que sea, metido en una banda te tienes que expresar, soltar la mierda, la pena o lo que quiera que lleves dentro… o simplemente provocar. ¿Y qué haces? Puedes tocar las canciones que se ajusten a tu estado mental versionando, o haces las tuyas propias. Si no sabes tocar demasiado, compones. Si comienzas aprendido, puede que hagas versiones. Quizás sea este el caso. Pero…. No puedes hacer versiones de grupos que representan posiciones tan dispares y tan alejadas en su filosofía-.

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-Bueno, puede que se repartan las versiones según los gustos de cada uno, que pueden ser diferentes-.

-¡Tanto! Joder, para eso no haces un grupo-.

-¿Entonces?-.

-Entonces estos críos o no tienen personalidad o tocan por dinero, tú me dirás…-.

-Pues las bandas de por aquí son bastantes parecidas-.

-Entonces, entonces… tenemos un  problema de verdad-.

-Venga, vamos, te invito a una birra (¿era una birra u otra cosa?) que me estás pasando de cabeza-. Concluyó J de forma astuta.

Sin embargo, mis propias palabras que construyeron una cosmovisión en el mismo momento en que fueron pronunciadas (antes no tenía un punto de vista tan radical y agrio sobre esta cuestión, y eso, a pesar de no tener claro cuál era exactamente la cuestión) se alojaron en alguna parte de mi cerebro para hacerme sentir la imperiosa necesidad de contar una historia que nada tenía que ver con ese momento.

La cosa empeoró pasadas tres semanas.

No lograba apartar de mi cabeza la idea y mi discurso se estaba incendiando por momentos; sacaba el tema a la menor ocasión. Unas veces me daban la razón y otras no. Una de las veces en que sí, me sirvió de pistoletazo definitivo para este desvarío que se le viene encima al lector, si es que sigue ahí.

CONTINUARÁ…